El pastor que amaba los libros (I)

“Argimiro me enseñó el camino de la indiferencia mágica, sin embargo me enamoré del gato de porcelana”

 

Se despertó al mediodía con el cuerpo aterido. La humedad había alcanzado su jadeante piel, convirtiendo el sudor en miel y almíbar. Aunque el sol de abril seducía su rostro con el embeleso de la primavera temprana, Miguel no abría los ojos fácilmente, pues el sueño había sosegado sus párpados con la fuerza de la luna llena, que por aquella estación salía de día y se escondía de noche, para descaro y estupefacción de los vulcanólogos.

Frotó el rostro con sus manos sucias, tejidas de nostalgia y nube; y colmó las expectativas de su rebaño aligerando con su voz la berrea espasmódica de una conversación que mantenían en vasco, pues para eso eran ovejas de la Rioja trashumante. Allí pacían tiernas y felices las ovejas y los pocos carneros que le daban más carne que leche al ganadero que las poseía, que no era él. Conversaban los ungulados humildemente e intercambiaban información sobre el devenir de la historia reciente, y así, unas se entretenían arengando a las más sumisas sobre la lucha de clases y la estólida cerrazón de los ingleses con el asunto de Gibraltar. Miguel siempre era ajeno a tales conversaciones, pues siempre pensó que un diálogo de ovejas no era cosa de interés.

 

El pastor que amaba los libros (III)

Ladraron los perros en cuanto se levantaron, y con apenas un gesto se aproximaron a Miguel buscando su caricia y su palabra cálida de dueño al que servían.

– ¡Venga, vamos! – dijo el pastor, y chifló traspasando el averno con su sonido, un silbido que se escuchaba a varios kilómetros y que lo mismo servía para advertir a las ovejas de que partían, como a los lobos de que tenían una oportunidad de cazar, si se lo permitían los gruñidos y los ladridos de Zara y Labri.

Obedecieron los animales amedrentados, unos y otros, cada uno en lo suyo. Las ovejas por miedo a los cánidos, sus opresores; y los perros con miedo a no ser fieles y serviles con su gentil amo. Las conversaciones cesaron, y las conferencias que tenían programadas para esa tarde sobre “el lobo en la guerra civil española” y “artilugios y sonidos de la oveja ante el acoso del carnero doméstico” fueron suspendidas hasta nuevo aviso. Balaron las más inconscientes, y trotaron con el espectáculo de bascular por los campos bajo las miradas rampantes de los ladridos de los perrunos capataces.

Miguel empezó a caminar. Se volvió para mirar con embeleso el lecho de hierba donde había descansado su cuerpo. Le encantaba deformar el mundo con su pequeño cuerpo, fuerte y débil a un tiempo. La marca permanecería durante horas, incluso días, pues el hedor que marcaba con su cuerpo cada brizna de hierba y de aire obligaba a los átomos y moléculas que acariciaba a permanecer inmarcesibles durante horas y horas, incluso hasta la eternidad y el tedio. Instintivamente oteó el horizonte para escudriñar las nubes y el sol que todavía calentaba la tarde. Estaba seguro de que llovería dentro de cuarenta y ocho días, pues era de lo único que entendía. Aquello lo convertía en un vampiro del tiempo, pero él no era consciente de su languidez ni de su bravura. Simplemente se recreó en una hermosa idea que lo excitaba, no sexualmente, como hubiera sido lo lógico, sino racionalmente, pues tras los días cuarenta y ocho días con sus cuarenta y ocho noches, regresaría la señora, la única viuda que habían conocido en la región que no se había vuelto a casar con el cacique, rompiendo una eventual tradición de poligamias y diretes. La mujer guardaba un cuartillo de pan y chocolate para regalarle, y tal costumbre, se le antojaba a Miguel la mejor del mundo, y casi la mejor de su vida. De ahí que no se desesperara con los amaneceres, ni añorara las noches, pues sus días tenían fecha de caducidad y sus fecundas tardes anhelaban el regreso de la mujer del chocolate.

El pastor que amaba los libros (II)

A su vera ladraban los perros. Zara, la única galga que hablaba “suajili” con acento borgoñón, estaba algo más alejada de la manta de su ignorante amo, y jugueteaba con Labri, que era el chucho más inquieto de todos. Zara había trabajado en sus años mozos en las remotas tierras del norte de Europa, allí donde los renos se enfurecen cuando les llevas la contraria, y los osos polares desayunan arenques con cebolla. Era un dulce animal que no corría tras los conejos en las carreras, sino que fue la única que pidió un perrito caliente en el puesto del velódromo, que es lugar donde los incautos apuestan su dinero con la creencia de que los animales hacen lo que les dicen sus amos.

En cambio, Labrador, o Labri, que era el nombre que le daba su amo Miguel a la podenca de manchas arenosas, era el más cariñoso y se acercó en cuanto escuchó que su generoso dueño se despertaba.

– ¡Qué bueno eres, Labri! – le susurró mientras acariciaba sus orejas con la mano derecha -. Ayúdame a levantarme, anda.

Pero ni el perro le ayudó, ni Miguel necesitaba ayuda para desperezar su cuerpo y levantarse con el aire cargado de polen y calma. Había dormido durante un buen rato, y con las fuerzas repuestas escudriñó la altura del sol para darse cuenta de que era la hora de regresar. Hubiera usado su reloj de pulsera, el que le regaló la cabra montesa del altozano, pero no se fiaba de los animales salvajes. Ya no. Observó como el aprisco holgazaneaba tras el bosque de la montaña con sus inútiles pláticas, colmadas de filosofías y teologías que él desconocía, y con la sombra proyectada por el ciprés contra la piedra de la fuente supo que era exactamente las cuatro y veintiocho minutos de la tarde, según el meridiano de Castellón de la Plana. Su reloj natural era un lugar bellísimo que descansaba y compartía nostalgias con la ermita de la Virgen del Arroyo, la cual distaba cuarto de hora de su hogar en la tierra, pues el cielo siempre queda a un paso. Ni siquiera sabía quién era el verdadero dueño de las cuatro paredes techadas que lo resguardaban por las noches, y es que al no saber leer, confirió a la vida la gentileza de no tener que dar cuenta de nada ni de nadie. Pero el hogar donde adecentaba la paja y encendía un fuego hablador para dormitar venturoso y al calor del trébede y la leña seca no le pertenecía, era de su dueño, su amo, el propietario de las ovejas que las decapitaba para vender su carne, y que amaestraba una culebra para cortarles la leche y fabricar con sus dientes venenosos requesón de oveja de la merindad logroñesa.