El pastor que amaba los libros (II)

A su vera ladraban los perros. Zara, la única galga que hablaba “suajili” con acento borgoñón, estaba algo más alejada de la manta de su ignorante amo, y jugueteaba con Labri, que era el chucho más inquieto de todos. Zara había trabajado en sus años mozos en las remotas tierras del norte de Europa, allí donde los renos se enfurecen cuando les llevas la contraria, y los osos polares desayunan arenques con cebolla. Era un dulce animal que no corría tras los conejos en las carreras, sino que fue la única que pidió un perrito caliente en el puesto del velódromo, que es lugar donde los incautos apuestan su dinero con la creencia de que los animales hacen lo que les dicen sus amos.

En cambio, Labrador, o Labri, que era el nombre que le daba su amo Miguel a la podenca de manchas arenosas, era el más cariñoso y se acercó en cuanto escuchó que su generoso dueño se despertaba.

– ¡Qué bueno eres, Labri! – le susurró mientras acariciaba sus orejas con la mano derecha -. Ayúdame a levantarme, anda.

Pero ni el perro le ayudó, ni Miguel necesitaba ayuda para desperezar su cuerpo y levantarse con el aire cargado de polen y calma. Había dormido durante un buen rato, y con las fuerzas repuestas escudriñó la altura del sol para darse cuenta de que era la hora de regresar. Hubiera usado su reloj de pulsera, el que le regaló la cabra montesa del altozano, pero no se fiaba de los animales salvajes. Ya no. Observó como el aprisco holgazaneaba tras el bosque de la montaña con sus inútiles pláticas, colmadas de filosofías y teologías que él desconocía, y con la sombra proyectada por el ciprés contra la piedra de la fuente supo que era exactamente las cuatro y veintiocho minutos de la tarde, según el meridiano de Castellón de la Plana. Su reloj natural era un lugar bellísimo que descansaba y compartía nostalgias con la ermita de la Virgen del Arroyo, la cual distaba cuarto de hora de su hogar en la tierra, pues el cielo siempre queda a un paso. Ni siquiera sabía quién era el verdadero dueño de las cuatro paredes techadas que lo resguardaban por las noches, y es que al no saber leer, confirió a la vida la gentileza de no tener que dar cuenta de nada ni de nadie. Pero el hogar donde adecentaba la paja y encendía un fuego hablador para dormitar venturoso y al calor del trébede y la leña seca no le pertenecía, era de su dueño, su amo, el propietario de las ovejas que las decapitaba para vender su carne, y que amaestraba una culebra para cortarles la leche y fabricar con sus dientes venenosos requesón de oveja de la merindad logroñesa.