El pastor que amaba los libros (I)

“Argimiro me enseñó el camino de la indiferencia mágica, sin embargo me enamoré del gato de porcelana”

 

Se despertó al mediodía con el cuerpo aterido. La humedad había alcanzado su jadeante piel, convirtiendo el sudor en miel y almíbar. Aunque el sol de abril seducía su rostro con el embeleso de la primavera temprana, Miguel no abría los ojos fácilmente, pues el sueño había sosegado sus párpados con la fuerza de la luna llena, que por aquella estación salía de día y se escondía de noche, para descaro y estupefacción de los vulcanólogos.

Frotó el rostro con sus manos sucias, tejidas de nostalgia y nube; y colmó las expectativas de su rebaño aligerando con su voz la berrea espasmódica de una conversación que mantenían en vasco, pues para eso eran ovejas de la Rioja trashumante. Allí pacían tiernas y felices las ovejas y los pocos carneros que le daban más carne que leche al ganadero que las poseía, que no era él. Conversaban los ungulados humildemente e intercambiaban información sobre el devenir de la historia reciente, y así, unas se entretenían arengando a las más sumisas sobre la lucha de clases y la estólida cerrazón de los ingleses con el asunto de Gibraltar. Miguel siempre era ajeno a tales conversaciones, pues siempre pensó que un diálogo de ovejas no era cosa de interés.